sábado, 14 de abril de 2012

A dos voces.

Hoy les invitamos a escuchar a Mario Benedetti y Daniel Viglietti, dos referentes de la palabra y la amistad, que al encontrarse exiliados en México, en 1978, tuvieron la oportunidad de constatar cuánto había en común en lo que estaban escribiendo cada uno por su lado, y decidieron encontrarse y crear "A dos voces"; una experiencia en la que el poeta y el cantautor entrelazaron sus voces, tejieron confluencias en el exilio y recitaron  y cantaron en homenaje a Roque Dalton, a Nicaragua, a Chile, a Salvador Allende, y en el que desfilaron clásicos de cada uno como Bandoneón y Por qué cantamos, de la obra de Benedetti, y La llamarada y Otra voz canta, del repertorio de Viglietti, además de los versos que cada uno por su lado escribió en homenaje a Soledad Barret, una joven militante paraguaya, de la que todos destacan su encanto personal, la belleza de su voz, la calidez de su sonrisa, su valentía y sobre todo su lida conciencia moral, que le impedía permanecer indiferente ante el despotismo y la empujaba a colocarse al lado de los oprimidos. Su trágica historia despierta horror en cualquier buen corazón, y demuestra que la maldad humana no conoce límites.

 
Soledad no viviste en soledad /
por eso tu vida no se borra / 
simplemente se colma de señales.
Soledad no moriste en soledad /
por eso tu muerte no se llora /
simplemente la izamos en el aire.
 
Dice Benedetti en sus versos, que se cruzan con los de Viglietti:

Una cosa aprendí junto a Soledad: que el llanto hay que empuñarlo, darlo a cantar... 
Otra cosa aprendí junto a Soledad: que la patria no es sólo un lugar... 
Una tercera cosa nos enseñó: lo que no logre uno, ya lo harán dos.
 
Mario Benedetti recuerda la importancia que tuvieron estos versos en el origen de "A dos voces", el espectáculo que mantuvieron durante 27 años y presentaron en distintos países: 
"Con Daniel éramos muy amigos, desde hacía años. Nos encontramos en México, en el exilio, y empezamos a hablar de lo que estaba haciendo cada uno. Que esta canción, que este poema... Nos sorprendió encontrar que los dos le habíamos escrito a Soledad Barret, porque la habíamos conocido y le teníamos mucho cariño. Empezamos a ver que teníamos otros temas comunes, y así fuimos armando un recorrido de poesía y canción.
Con el tiempo fuimos introduciendo muchos cambios en el repertorio, pero el poema y la canción de Soledad Barret siempre quedaron, son especiales para nosotros."
Explicó el poeta, que antes de "A dos voces" ya había llevado sus versos a los escenarios junto a Alberto Favero y Nacha Guevara.



Publicado por: Ondine y Chabela.

viernes, 13 de abril de 2012

¿POR QUÉ GRITAMOS?


Cuenta una historia tibetana, que un día, un viejo sabio llamado Meher Baba preguntó a sus mandalíes (discípulos) lo siguiente:
-Porqué las personas se gritan cuando están enojadas?

Los hombres pensaron unos momentos.
-Porque perdemos la calma –dijo uno– por eso gritamos.


-Pero, ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado? - Preguntó el sabio.
-¿No es posible hablarle en voz baja?. ¿Por qué gritas a una persona cuando estás enojado?.


Los hombres dieron algunas otras respuestas pero ninguna de ellas satisfacía al sabio.

Finalmente él explicó:


-Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho.
Para cubrir esa distancia deben gritar, para poder escucharse.
Mientras más enojados estén, más fuerte tendrán que gritar para escucharse uno a otro a través de esa gran distancia que han creado.


Luego el sabio preguntó:


-¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran?.

Ellos no se gritan, sino que se hablan suavemente. ¿Por qué?.
Porque sus corazones están muy cerca y la distancia que hay entre ellos es muy pequeña.

Cuando se enamoran más aún, ¿qué sucede?.
No hablan, sólo susurran y se acerca aun más en su amor.
Finalmente no necesitan siquiera susurrar, sólo se miran, eso es todo.
Así de cerca están dos personas cuando se aman.


Luego
Meher Baba dijo:

-Cuando discutan no dejen que sus corazones se alejen, no digan palabras que los distancien más, pues llegará un día en que la distancia sea tan grande que no encontrarán más el camino de regreso.
 
Publicado por: Ondine

jueves, 12 de abril de 2012

Mario Benedetti: Tiempo sin tiempo.


Preciso tiempo necesito ese tiempo
que otros dejan abandonado
porque les sobra o ya no saben
que hacer con él
tiempo
en blanco
en rojo
en verde
hasta en castaño oscuro
no me importa el color
cándido tiempo
que yo no puedo abrir
y cerrar
como una puerta

tiempo para mirar un árbol un farol
para andar por el filo del descanso
para pensar qué bien hoy es invierno
para morir un poco
y nacer enseguida
y para darme cuenta
y para darme cuerda
preciso tiempo el necesario para
chapotear unas horas en la vida
y para investigar por qué estoy triste
y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo

tiempo para esconderme
en el canto de un gallo
y para reaparecer
en un relincho
y para estar al día
para estar a la noche
tiempo sin recato y sin reloj

vale decir preciso
o sea necesito
digamos me hace falta
tiempo sin tiempo.
 

miércoles, 11 de abril de 2012

La conquista del Everest

La montaña, como el mar, ha despertado desde siempre un atractivo especial en el hombre aventurero. Gracias a una entrevista recogida en la siguiente página web, hoy puedo compartir e invitarles a disfrutar del ameno relato de Edmund Hilary sobre uno de sus mayores logros.
Edmund Hilary y Tenzing Norgay
"Nací en Tuakau, un pueblo que está unos cincuenta kilómetros al sur de Auckland. Mi padre era editor y mi madre, maestra de escuela. Los libros no daban para obtener muchas alegrías, así que papá decidió abandonarlos como profesión y dedicarse a la apicultura, él que lo único que sabía de abejas se concentraba en compararlas a un abejorro que pica.
Fui al colegio más cercano, que estaba a cuatro o cinco kilómetros de casa, y durante el recorrido me dedicaba a leer. Me apasionaban los relatos de aventuras. Yo era un niño tímido, algo retraído y poco sociable, prefería estar solo a jugar con mis compañeros.
No tenía muchos amigos.
Nada importante ocurrió en mi vida hasta que cumplí dieciséis años.

Haciendo un gran esfuerzo, tal vez quitando dinero de cosas importantes, mis padres me apuntaron a una excursión organizada por la escuela superior. Se trataba de pasar un fin de semana en el área del volcán sagrado Ruapehu, que fue declarada parque nacional en 1894 bajo la denominación de Tongariro. Parecía una excursión como cualquier otra, pero no lo fue. Subimos al lago que tiene el volcán a 2.797 metros.
Era la primera vez que tocaba la nieve. Allá arriba me sentí otro. Yo quería seguir subiendo, acercarme más al cielo, pero ya no había más montaña. Me sentí un poco triste, aunque se me pasó enseguida mientras bajaba cuando vi a mi altura otras montañas pedregosas, las Rocas de la Catedral, el Te Heu Heu, el Paretetaitonga, y más abajo el bosque húmedo con árboles que comenzaron a crecer cuando en Roma aún había emperadores, cascadas como rizos de una mujer hermosa, ríos con agua del color de la sangre o amarillos como el ámbar. Descubrí que el hombre es una hormiga, que el mundo es demasiado extenso, bello y poderoso, y que sólo desde las grandes atalayas podía ver la Tierra como la ven los dioses. Tomé una decisión: hacer de la montaña mi casa.
Desde entonces, no había fin de semana que no me acercara a ellas. Daba lo mismo cuál fuera, porque lo hacía por pura diversión. Cuando tenía dinero, viajaba a la Isla Sur, me perdía por el monte Cook y tallaba escalones en el hielo como una escalera para subir al cielo. En esa época pensaba que Tongariro era más alpino y Cook, más himalayo, aunque no conocía ni los Alpes ni el Himalaya.
Tenía un plan. Aunque fuera con mi propio dinero, debía ir a Europa y a la India. Había estudiado dos años en la Universidad, pero aquello no era para mí. Me puse a trabajar con mi padre en el negocio de las abejas, que no iba mal del todo, y al fin fui a los Alpes de Suiza y Austria por un tiempo demasiado corto.
En 1959 realicé mi primer viaje a la India junto con tres amigos y nos dedicamos a subir lo que teníamos a mano en los montes Garhwall, cerca de la frontera con Nepal. Nos levantábamos, mirábamos a nuestro alrededor, veíamos una hermosa montaña de seis o siete mil metros (porque las había a cientos) y decíamos:
–vamos a escalarla.
Así lo hicimos con seis cumbres vírgenes. Era una delicia.
Lo que yo no podía imaginar es que en ese momento los ingleses estaban organizando una expedición de reconocimiento al Everest y que algunos montañeros a los que conocí fuera de Nueva Zelanda habían hablado de mí a Eric Shipton, que era quien estaba al cargo de su organización, un montañero de mucho prestigio y sobrada experiencia que a todos caía bien. Cuando me invitó a participar en ella, yo pensé:
–Me lleva de chico de los recados.
Pero me daba lo mismo. Los chinos habían penetrado en el Tíbet y cerrado la posibilidad de utilizar la cara norte como vía, que era la que hasta entonces se había utilizado para acercarse a la cumbre. En ese momento se trataba de estudiar una vía por el collado sur. Me divertí mucho y me cansé otro tanto.
Al año siguiente, Shipton volvió a llamarme para escalar el Cho Oyu, un “ochomil” que está al lado del Everest. Esta vez, pensaba:
-Me quieren para que les haga el té.
Aunque no llegamos a la cima, me dediqué a mirar, a escudriñar, a observar cuanto pude el Everest y su parte cimera.
–Algún día yo estaré allí– me decía.
En 1953, el permiso para escalar la gran montaña correspondía a Inglaterra. Shipton fue apartado de la dirección de esta enorme expedición y en su lugar se nombró a John Hunt, un oficial del ejército que para mí era desconocido como montañero.
A nadie gustó este nombramiento ni la forma en que se hizo. Yo pensaba que quedaría fuera del grupo, pero Hunt me llamó.
–Será para que le sirva el whisky.
La primera vez que lo vi pensé:
–Bueno, a ver cómo es este tipo, espero que no se dedique a dar órdenes militares.
Pero no, me dio un fuerte apretón de manos y, sin soltarlas, me dijo:
–He esperado mucho tiempo para conocerte.
Cambié mi idea respecto a él. Era un buen montañero que nos consultaba cualquier decisión. Mejor así, porque casi todos pecábamos de individualistas y ciertamente solitarios.
El grupo lo integrábamos diez montañeros europeos (excepto George Lowe y yo, que éramos neozelandeses) y unos trescientos sherpas. Siempre he creído que mi mayor mérito consistía en saber hacer escalones en el hielo mejor que nadie y, además, Lowe y yo subíamos de forma rápida y segura.
Tal vez nos llamaron por esas cualidades. Teníamos un físico muy resistente y nos diferenciábamos del resto en que no nos creíamos profesionales, sino que hacíamos aquello por pura diversión. Disfrutábamos abriendo la tienda y contemplando los colores rosados del amanecer o los tonos rojizos del crepúsculo. A veces, cuando subíamos juntos (a Hunt no le gustaba), nos parábamos en medio de una cuesta empinadísima o de una pared helada y allí nos quedábamos unos minutos contemplando la vista magnífica que la montaña suele ofrecer. Entonces George cantaba una canción maorí que decía algo así:
"He putiputi koe i katohia,
hei piri ki te uma e te tau" 
Y que ninguno de los dos entendíamos, pero que él aseguraba que significaba “tú eres una bella flor”.
Sin embargo, los demás permanecían muy concentrados y serios ante cualquier dificultad por leve que fuera. 
Un día lo vi dando órdenes a los serpas. Me fijé en él. Era de corta estatura, pero fuerte y atractivo. Tenía personalidad y una sonrisa luminosa. Se notaba que era buen montañero. Había intentado subir el Everest siete veces y como sabía que Lowe y yo teníamos escasas posibilidades de formar cordada, me acerqué a él. Entonces recordé que lo había conocido un año antes en la ascensión al Cho Oyu, aunque no habíamos coincidido demasiado.
Tenzing Norgay
Intuía que Hunt utilizaría primero a los británicos y, si éstos fallaban, tal vez recurriera a nosotros. Se llamaba Tenzing Norgay. Una vez, equipando una vía en el Everest, salté sobre una grieta sin tomar precaución alguna. La cornisa cedió y comencé a resbalar. Parecía un milagro, pero él, que no llegaba a medir 1,60 metros de altura y pesaba lo que un mechón de pelo de yak, me aseguró con la cuerda y frenó la caída de un cuerpo que medía 1,95 metros y pesaba ochenta kilos.
No había duda, me salvó la vida.
Estaba seguro de que, si hubiera alguna posibilidad de ser yo el elegido, él sería mi compañero de cordada.
Unos montañeros enfermaron.
Otros parecían demasiado cansados. Hunt tomó la decisión de que fueran el londinense Bourdillon (de Kensington de toda la vida) y el galés Evans (educado en Oxford) quienes formaran la cordada definitiva.
Tenzing y yo habíamos acondicionado la pared del Lhotse y transportado bagajes y pertrechos sobre la espalda, que llegaban a pesar veintiocho kilos. También ascendimos y descendimos para controlar la duración de las botellas de oxígeno e incluso preparamos la explanada en la que se situaría el último campamento antes del intento definitivo por encima de los 8.800 metros.
Debíamos estar muy cansados, pero no, los dos manteníamos nuestras fuerzas o las recuperábamos con facilidad. Había entre nosotros un mudo acuerdo que nos fortalecía.
Hunt reunió al equipo.
–Sí, serán Bourdillon y Evans. Lo intentaremos mañana. Espero que este 26 de mayo sea un día que pase a la historia.
Con voz apenas audible, se me ocurrió:
–Yo también lo espero. Si no lo consiguen, Tenzing y yo nos ofrecemos para intentarlo.
Hunt permaneció callado. Sorprendentemente, fue Evans quien habló en un inglés que mezclaba palabras galesas:
–No hay duda de que ellos también están gryf.
O sea, fuertes. Hunt asintió como diciendo:
–Allá ellos.
Llegaron a la cima sur. Sólo faltaban cien metros para alcanzar la gloria. Estaban agotados y tenían ante ellos una pared que les pareció imposible de superar. Regresaron.
Dos días después, Tenzing y yo pasamos la noche en el último refugio, el campamento IX. No pudimos dormir, sólo dormitar de vez en vez. La temperatura era buena y, aunque hacía un frío del demonio, el viento soplaba sereno. Al alba nos pusimos en camino, siempre hacia arriba. Llegamos al escalón algo cansados.
–¿Seguimos?
Tenzing no respondió. Miró al cielo. Su sonrisa ya no estaba allí. No podíamos ver la cumbre, sólo ese enorme paredón vertical que yo había observado desde la lejanía cuando nos preparábamos en el Cho Oyu. Descubrí una cornisa helada en el lado derecho con una grieta larga y estrecha que yo dudaba de que fuera sólida, capaz de sujetarnos. Si se rompía, caería al abismo por la ladera del glaciar Kangshung. Pensé que aquello era el Everest y que merecía la pena intentarlo. Pasé miedo. Los crampones se sujetaban bien en el hielo y mis manos asían la roca con firmeza, aunque un movimiento en falso, una pequeña rotura de la superficie helada acabaría con mi vida. Luego, me encontré arriba. No veía la cima, pero sabía que lo más duro había pasado. Continué tallando escalones y al llegar a lo alto de una gran banda de nieve vi que la arista se acababa y que allá abajo se extendía el gran altiplano del Tíbet.
Me quité la máscara de oxígeno y di la mano a Tenzing. Aquello no bastaba. Nos fundimos en un abrazo largo y nos hicimos fotos. Quince minutos en la cima del mundo. Un breve instante por el que habían muerto muchos montañeros. Nosotros lo habíamos conseguido. Cerré los ojos un instante. Me puse la máscara de oxígeno y vi todo más claro.
El descenso fue rápido. Cuando llegamos al campamento, George Lowe salió a nuestro encuentro. Tras él iban los demás.
Levanté la mano, señalé la cima e hice la señal de la victoria.
–Hemos vencido a esta puta montaña– le dije, sin saber que estas palabras no eran dignas de una persona a la que la Reina de Inglaterra estaba a punto de nombrar sir." 

Os recomiendo que veáis el siguiente documento PDF, en el encontraréis está entrevista, más anécdotas y fantásticas fotografías.

Publicado por:  Charlot y Ondine.

martes, 10 de abril de 2012

Una pizca de música.

Primavera en el norte.
 
Otoño en el sur.
 Te encuentres aquí o allá, esperamos que estés disfrutando del día :)


Publicado por: Ondine y Peter.

lunes, 9 de abril de 2012

Mario Benedetti: Desde los afectos.


¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?
Que uno tiene que buscarlo y dárselo...
Que nadie establece normas, salvo la vida...
Que la vida sin ciertas normas pierde formas...
Que la forma no se pierde con abrirnos...
Que abrirnos no es amar indiscriminadamente...
Que no está prohibido amar...
Que también se puede odiar...
Que el odio y el amor son afectos...
Que la agresión porque sí, hiere mucho...
Que las heridas se cierran...
Que las puertas no deben cerrarse...
Que la mayor puerta es el afecto...
Que los afectos, nos definen...
Que definirse no es remar contra la corriente...
Que no cuanto más fuerte se hace el trazo, más se dibuja...
Que buscar un equilibrio no implica ser tibio...
Que negar palabras, es abrir distancias...
Que encontrarse es muy hermoso...
Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida...
Que la vida parte del sexo...
Que el por qué de los niños, tiene su por qué...
Que querer saber de alguien, no es sólo curiosidad...
Que saber todo de todos, es curiosidad mal sana...
Que nunca está de más agradecer...
Que autodeterminación no es hacer las cosas solo...
Que nadie quiere estar solo...
Que para no estar solo hay que dar...
Que para dar, debemos recibir antes...
Que para que nos den también hay que saber pedir...
Que saber pedir no es regalarse...
Que regalarse en definitiva no es quererse...
Que para que nos quieran debemos demostrar qué somos...
Que para que alguien sea, hay que ayudarlo...
Que ayudar es poder alentar y apoyar...
Que adular no es apoyar...
Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara...
Que las cosas cara a cara son honestas...
Que nadie es honesto porque no robe...
Que cuando no hay placer en las cosas no se está viviendo...
Que para sentir la vida hay que olvidarse que existe la muerte...
Que se puede estar muerto en vida..
Que se siente con el cuerpo y la mente...
Que con los oídos se escucha...
Que cuesta ser sensible y no herirse...
Que herirse no es desangrarse...
Que para no ser heridos levantamos muros...
Que sería mejor construir puentes...
Que sobre ellos se van a la otra orilla y nadie vuelve...
Que volver no implica retroceder...
Que retroceder también puede ser avanzar...
Que no por mucho avanzar se amanece más cerca del sol...
¿Cómo hacerte saber que nadie establece normas, salvo la vida?
 

domingo, 8 de abril de 2012

Hermosa suciedad

Pinceles, un par de dedos, un coche sucio e imaginación, es todo lo que necesita el hombre que hoy nos ocupa, para dar rienda suelta a su faceta artística y dejarnos a todos impresionados. 
Scott Wave es un diseñador gráfico texano, capaz de transformar la suciedad acumulada en los coches en agradables paisajes, retratos o versiones de cuadros célebres.



En principio practicaba el "Dirty Car Art" como un hobby en los coches de sus familiares, pero en relativamente poco tiempo, se dio a conocer gracias a que los medios de todo el mundo se interesaron en sus efímeras obras; ha sido contratado para decorar grandes escaparates y crear numerosos spots publicitarios.

sábado, 7 de abril de 2012

Cherry Blossoms.

La temporada de los cerezos en flor, conocida en Japón como "sakura", ha llegado y rescatado el espíritu festivo de millones de japoneses, que estos días disfrutan de una de sus mayores tradiciones.
Según la Agencia nipona de Meteorología, el 6 de abril fue el día de  floración máxima en los cerezos de Tokio, una semana después de lo esperado debido al frío que azotó la capital el último mes, mientras que en el noreste del país se retrasará una semana más.
Son días en los que el habitual rigor da paso a una mayor espontaneidad y grupos de amigos, compañeros de trabajo y familias se reunen para celebrar multitudinarios Hanami (costumbre tradicional japonesa de observar, y disfrutar, de la belleza de las flores, asociada generalmente al periodo en el que florecen los cerezos).
Durante estos días los jardines de la capital regalan hermosos escenarios oníricos, en los que todo el mundo intenta conseguir un espacio para celebrar agradables picnis diurnos y nocturnos.

En las empresas, es habitual que tras la jornada laboral los empleados peregrinen hacia los espacios que han madrugado a reservar sus compañeros novatos (colocando una lona azul en los parques), cargados con aperitivos, cervezas, sake e incluso mantas para paliar el frío y disfrutar de un agradable Yozakura (hanami nocturno).
Además, en el periodo de poco más de una semana que duran estas celebraciones, los parques cuentan con puestos de comida ambulantes y se decoran con farolillos y focos, que alumbran los árboles para que en ningún momento se deje de admirar la evolución cromática de esta fiesta en honor a la belleza efímera.
La floración de estos árboles está entre los grandes atractivos turísticos de Japón, por ello sus tiendas, restaurantes y centros comerciales ofrecen durante esos días productos temáticos, y en su decoración predomina el rosa característico de las flores de cerezo.

Como muchas otras celebraciones, tanto en Japón como en cualquier otro país, la fiesta del Hanami se inició gracias a la creencia popular de que en el tronco de los cerezos habitaba una divinidad a la que había que rendir tributo. Siendo el arroz la base de la alimentación japonesa, al comenzar la siembra del cereal, a principios de abril, los japoneses realizaban antiguamente un ritual bajo los cerezos, en el cual agradecían a Dios por sus bondades y pedían la protección de sus cosechas frente a los desastres naturales.
Este animismo autóctono coincidió en el tiempo con la llegada a Japón de una costumbre nacida en la corte china que consistía en contemplar las flores con el fin de esparcir y cultivar el alma. Y fue así como creencia y entretenimiento se dieron la mano durante los primeros años de la era Heian (794-1185), cuando el emperador Saga decidió fundir la fiesta cortesana con la adoración pagana, y organizar un festín en el jardín de su palacio de Kyoto con ocasión del florecimiento de los cerezos.
Curiosamente en aquel festejo se brindó con sake, licor de arroz japonés, la misma bebida que ingerían los labradores para finalizar la ofrenda al dios que, según ellos, se escondía en el cerezo.
Nacida en los arrozales y sublimada en la corte, la fiesta del Hanami fue, durante siglos, un privilegio de la nobleza. Los emperadores japoneses solían rodearse de sus súbditos más allegados y sentados bajos los cerezos bebían, comían, conversaban y componían versos. La poesía fue, de hecho, uno de los elementos que engrandeció aún más la celebración, sobre todo los haiku, una composición poética de tres versos de 5,7 y 5 sílabas que siempre ha de incluir una referencia a la estación del año.
"Nuestros destinos
Siempre vivos
En el corazón del cerezo"
Este haiku pertenece a Matsuo Basho, una de las grandes figuras de la poesía japonesa de la era Edo (1603-1867), quien pudo observar cómo la práctica del Hanami se extendía a todos los estratos de la sociedad.
Desde luego cuando uno tiene la oportunidad de prestar atención a la tierna belleza que nos regalan estos árboles, recuerda fácilmente que no existe mayor fuente de inspiración para esparcir y cultivar el alma que la naturaleza.

Publicado por: Ondine

viernes, 6 de abril de 2012

Pacto de sangre

Cuento escrito por Mario Benedetti

A esta altura ya nadie me nombra por mi nombre: Octavio. Todos me llaman abuelo. Incluida mi propia hija. Cuando uno tiene, como yo, ochenta y cuatro años, qué más puede pedir. No pido nada. Fui y sigo siendo orgulloso. Sin embargo, hace ya algunos años que me he acostumbrado a estar en la mecedora o en la cama.
No hablo. Los demás creen que no puedo hablar, incluso el médico lo cree. Pero yo puedo hablar. Hablo por la noche, monologo, naturalmente que en voz muy baja, para que no me oigan. Hablo nada más que para asegurarme de que puedo. Total, ¿para qué? Afortunadamente, puedo ir al baño por mí mismo, sin ayuda.
Esos siete pasos que me separan del lavabo o del inodoro, aún puedo darlos. Ducharme no. Eso no podría hacerlo sin ayuda, pero para mi higiene general viene una vez por semana (me gustaría que fuese más frecuente, pero al parecer sale muy caro) el enfermero y me baña en la cama. No lo hace mal. Lo dejo hacer, qué más remedio. Es más cómodo y además tiene una técnica excelente. Cuando al final me pasa una toalla húmeda y fría por los testículos, siento que eso me hace bien, salvo en pleno invierno. Me hace bien, aunque, claro, ya nadie puede resucitar al muerto.
A veces, cuando voy al baño, miro en el espejo mis vergüenzas y nunca mejor aplicado el término. Mis vergüenzas. Unas barbas de chivo, eso son. Pero confieso que la toalla fría del enfermero hace que me sienta mejor. Es lo más parecido al «baño vital» que me recomendó un naturista hace unos sesenta años.  Era (él, no yo) un viejito, flaco y totalmente canoso, con una mirada pálida pero sabihonda y una voz neutra y sin embargo afable.
Me hizo sentar frente a él, me dio un vistazo que no duró más de un minuto, y de inmediato empezó a escribir a máquina, una vieja Remington que parecía un tranvía. Era mi ficha de nuevo paciente. A medida que escribía, iba diciendo el texto en voz alta, probablemente para comprobar si yo pretendía refutarlo. Era increíble. Todo lo que iba diciendo era rigurosamente cierto. Dos veces sarampión, una vez rubéola y otra escarlatina, difteria, tifus, de niño hizo mucha gimnasia, menos mal porque si no hoy tendría problemas respiratorios; várices prematuras, hernia inguinal reabsorbida, buena dentadura, etcétera.
Hasta ese día no me había dado cuenta de que era poseedor de tantas taras juntas. Pero gracias a aquel tipo y sus consejos, de a poco fui mejorando.
Lo malo vino después, con años y más años.
Años. No hay naturista ni matasanos que te los quite. Ahora que debo quedarme todo el tiempo quieto y callado (quieto, por obligación; callado, por vocación), mi diversión es recorrer mi vida, buscar y rebuscar algún detalle que creía olvidado y sin embargo estaba oculto en algún recoveco de la memoria. Con mis ojos casi siempre llorosos (no de llanto sino de vejez) veo y recorro las palmas de mis manos. Ya no conservan el recuerdo táctil de las mujeres que acaricié, pero en la mente sí las tengo, puedo recorrer sus cuerpos como quien pasa una película y detener la cámara a mi gusto para fijarme en un cuello (¿será el de Ana?) que siempre me conmovió, en unos pechos (¿serán los de Luisa?) que durante un año entero me hicieron creer en Dios, en una cintura (¿será la de Carmen?) que reclamaba mis brazos que entonces eran fuertes, en cierto pubis de musgo rubio al que yo llamaba mi vellocino de oro (¿será el de Ema?) que aparecía tanto en mis ensueños (matorral de lujuria) como en mis pesadillas (suerte de Moloch que me tragaba para siempre).
Es curioso, a menudo me acuerdo de partículas de cuerpo y no de los rostros o los nombres. Sin embargo, otras veces recuerdo un nombre y no tengo idea de a qué cuerpo correspondía. ¿Dónde estarán esas mujeres? ¿Seguirán vivas? ¿Las llamarán abuelas, sólo abuelas, y no habrá nadie que las llame por sus nombres?.
La vejez nos sumerge en una suerte de anonimato.
En España dicen, o decían, los diarios: murió un anciano de sesenta años. Los cretinos. ¿Qué categoría reservan entonces para nosotros, octogenarios pecadores? ¿Escombros? ¿Ruinas? ¿Esperpentos? Cuando yo tenía sesenta era cualquier cosa menos un anciano. En la playa jugaba a la paleta con los amigos de mis hijos y les ganaba cómodamente. En la cama, si la interlocutora cumplía dignamente su parte en el diálogo corporal, yo cumplía cabalmente con la mía. En el trabajo no diré que era el primero pero sí que integraba el pelotón. Supe divertirme, eso sí, sin agraviar a Teresa. He ahí un nombre que recuerdo junto a su cuerpo. Claro que es el de mi mujer. Estuvimos tantas veces juntos, en el dolor pero sobre todo en el placer. Ella, mientras pudo, supo cómo hacerlo. Puede ser que se imaginara que yo tenía mis cosas por ahí, pero jamás me hizo una escena de celos, esas porquerías que corroen la convivencia.
Como contrapartida, cuidé siempre de no agraviarla, de no avergonzarla, de no dejarla en ridículo (primera obligación de un buen marido), porque eso sí es algo que no se perdona. La quise bien, claro que con un amor distinto. Era de alguna manera mi complemento, y también el colchón de mis broncas. Suficiente. Le hice tres varones y una hembra. Suficiente. El ataque de asma que se la llevó fue el prólogo de mi infarto. Sesenta y ocho tenía, y yo setenta. O sea que hace catorce años. No son tantos. Ahí empezó mi marea baja. Y sigue. ¿Con quién voy a hablar? Me consta que para mi hija y para mi yerno soy un peso muerto. No diré que no me quieren, pero tal vez sea de la manera como se puede querer a un mueble de anticuario o a un reloj de cuco o (en estos tiempos) a un horno de misar.
No digo que eso sea injusto. Sólo quiero que me dejen pensar. Viene mi hija por la mañana temprano y no me dice qué tal papá sino qué tal abuelo, como si no proviniera de mi prehistórico espermatozoide. Viene mi yerno al mediodía y dice qué tal abuelo. En él no es una errata sino una muestra de afecto, que aprecio como corresponde, ya que él procede de otro espermatozoide, italiano tal vez puesto que se llama Aldo Cagnoli. Qué bien, me acordé del nombre completo. A una y a otro les respondo siempre con una sonrisa, un cabeceo conformista y una mirada, lacrimosa como de costumbre, pero inteligente. Esto me lo estoy diciendo a mí mismo, de modo que no es vanidad ni presunción ni coquetería senil, algo que hoy se lleva mucho. Digo inteligente, sencillamente porque es así.
También tengo la impresión de que ellos agradecen al Señor de que yo no pueda hablar (eso se creen). Imagino que se imaginan: cuánta cháchara de viejo nos estamos ahorrando. Y sin embargo, bien que se lo pierden. Porque sé que podría narrarles cosas interesantes, recuerdos que son historia. Qué saben ellos de las dos guerras mundiales, de los primeros Ford a bigote, de los olímpicos de Colombes, de la muerte de Batlle y Ordóñez, de la despedida a Rodó cuando se fue a Italia, de los festejos cuando el Centenario. Como esto lo converso sólo conmigo, no tengo por qué respetar el orden cronológico, menos mal.
Qué saben, ¿eh? Sólo una noticia, o una nota al pie de página, o una mención en la perorata de un político. Nada más. Pero el ambiente, la gente en las calles, la tristeza o el regocijo en los rostros, el sol o la lluvia sobre las multitudes, el techo de paraguas en la Plaza Cagancha cuando Uruguay le ganó tres a dos a Italia en las semifinales de Amsterdam y el relato del partido no venía como ahora por satélite sino por telegramas (Carga uruguaya; Italia cede córner; los italianos presionan sobre la valla defendida por Mazali; Scarone tira desviado, etc).  Nada saben y se lo pierden.
Cuando mi hija viene y me dice qué tal abuelo, yo debería decirle te acordás de cuando venías a llorar en mis rodillas porque el hijo del vecino te había dicho che negrita y vos creías que era un insulto ya que te sabías blanca, y yo te explicaba que el hijo del vecino te decía eso porque tenías el pelo oscuro, pero que además, de haber sido negrita, eso no habría significado nada vergonzoso porque los negros, salvo en su piel, son iguales a nosotros y pueden ser tan buenos o tan malos como los blanquísimos. Y vos dejabas de llorar en mis rodillas (los pantalones quedaban mojados, pero yo te decía no te preocupes, m'hijita, las lágrimas no manchan) y salías de nuevo a jugar con los otros niños y al hijo del vecino lo sumías en un desconcierto vitalicio cuando le decías, con todo el desprecio de tus siete años: che blanquito. Podría recordarte eso, pero para qué. Tal vez dirías, ay abuelo, con qué pavadas me venís ahora, a lo mejor no lo decías, pero no quiero arriesgarme a ese bochorno. No son pavadas, Teresita (te llamas como tu madre, se ve que la imaginación no nos sobraba), yo te enseñé algunas cosas y tu madre también. Pero por qué cuando hablás de ella decías, entonces vivía mamá, y a mí en cambio me preguntás qué tal, abuelo. A lo mejor, si me hubiera muerto antes que ella, hoy dirías, cuando vivía papá. La cosa es que, para bien o para mal, papá vive, no habla pero piensa, no habla pero siente.
El único que con todo derecho me dice abuelo es, por supuesto, mi nieto, que se llama Octavio como yo (al parecer, tampoco a mi hija y a mi yerno les sobraba imaginación).
Ahí está la clave. Cuando le digo Octavio.
Le digo. Porque con mi nieto es con el único ser humano con el que hablo, además de conmigo mismo, claro.
Esto empezó hace un año, cuando Octavio tenía siete. Una vez yo estaba con los ojos cerrados y, creyéndome solo, dije en voz no muy alta pero audible, carajo, me duele el riñón. Pero no estaba solo. Sin que yo lo advirtiera había entrado mi nieto. Pero abuelo, estás hablando, dijo con un asombro alegre que me conmovió. Le pregunté si había alguien en la casa y como dijo que no, que no había nadie, le propuse un convenio. Por un lado él mantenía el secreto de que yo podía hablar, y por otro, yo le contaría cuentos que nadie sabía. Está bien, dijo, pero tenemos que sellarlo con sangre. Salió y volvió casi enseguida con una hoja de afeitar, un frasco de alcohol y un paquete de algodón. Se las arregla muy bien y además conoce esos trámites desde que le dieron toda una serie de inyecciones con una vacuna contra la alergia. Con toda tranquilidad me hizo un tajito minúsculo y él se hizo otro, ambos en las muñecas, suficientes como para que salieran unas gotas de sangre, luego juntamos nuestras heridas mínimas y nos abrazamos. Octavio humedeció el algodón con un poco de alcohol, lo apoyó en ambas señales secretas hasta que no salió más sangre y salió corriendo a dejar todo su instrumental en el botiquín. Desde entonces, y siempre que quedamos solos en casa, algo que ocurre con frecuencia, él viene a que, en cumplimiento del pacto, le cuente cuentos desconocidos, inéditos. Cuando salen mi hija y mi yerno, le dicen a ver si cuidás al abuelo, y él responde que sí, con un gestito de fastidio para disimular, pero enseguida me hace un guiño cómplice, y no bien se escucha el portazo que garantiza nuestra intimidad, trae una silla, la coloca junto a mi mecedora o a mi cama y se queda a la espera de mis cuentos, que, como exigencia irrenunciable de nuestro pacto de sangre, deben ser totalmente nuevos.
Y ahí viene mi problema, porque buena parte del día me la paso con los ojos cerrados, como si durmiera, pero en realidad pergeñando el próximo cuento y cuidando hasta los mínimos detalles, ya que si en un cuento anterior el zorro se había lastimado una pata en una trampa y ahora anda corriendo en busca de gallinas, Octavio de inmediato me hace notar que aún no tuvo tiempo de curarse y entonces debo improvisar una fe de erratas oral y donde dije corre debe decir renquea. Y si el viejo brujo de la montaña se había quedado calvo por el esfuerzo de azotar diariamente a los gnomos del bosque y en un cuento posterior se peinaba mirándose en la laguna, Octavio enseguida observa, pero cómo, ¿no era calvo? Y ahí puedo salir un poco mejor del atolladero, ya que el brujo, por el mero hecho de ser brujo, puede, mediante un ensalmo, recuperar el pelo. Y el nieto pregunta si se da el caso que él quede pelado, también podrá recuperar el pelo.
Vos no, lo desengaño, porque no sos ni serás brujo. Y él dice qué lástima y tiene un poco de razón, porque si yo hubiera sido brujo también me habría hecho crecer el pelo que perdí sin remedio antes de los cincuenta.
No soy yo el único que narra, también él me cuenta lo que ocurre en el colegio, en la calle, en la televisión, en el estadio. Es hincha de Danubio y se asombra de que yo sea de Wanderers. Trato de hacer proselitismo, pero evidentemente no hay nadie capaz de convertirlo en tránsfuga. Entonces le cuento viejos partidos o jugadas célebres, como cuando Piendibeni le hizo el célebre gol al divino Zamora, o cuando el manco Castro usaba con alevosía su muñón en el área penal, o cuando el flaco García mantuvo invicta su valla (claro que los backs eran nada menos que Nazassi y Domingos da Guía) durante una rueda y media, o cuando Ghiggia hizo el gol de la victoria en Maracaná, o cuando o cuando o cuando, y él me escucha como a un oráculo y yo pienso qué suerte todavía puedo hablar para crear este asombro suyo y este placer mío. La verdad es que no recuerdo cómo eran mis hijos cuando tenían la edad que hoy tiene Octavio. El mayor murió.
¿Cuánto hace que murió Simón? Fue después de lo de Teresa. Al fin y al cabo ¿qué importa la fecha? Murió y se acabó. No tuvo hijos, creo, ¿o los habré olvidado? Nunca estoy seguro de mis lagunas, que a veces son océanos.
El segundo, Braulio, sí los tuvo, pero todos están en Denver, ¿qué habrá ido a hacer allí? La verdad es que no recuerdo. A veces manda fotos, tomadas con su encantadora Polaroid, o alguna postal, con un abrazo para el Viejo. Soy yo.
Él no me dice abuelo, me dice Viejo. Me cago en la diferencia.
Reconozco que una vez me mandó una radio a transistores. Todavía la tengo y a veces la oigo. Pero a menudo se queda sin pilas y tendría que pedirlas. Pero no pido nada. Nunca pido nada. Reconozco que soy un orgulloso de mierda, pero a esta altura no voy a reeducarme, ¿no es cierto? Total, el que me jodo soy yo, porque si la radio tuviera simples pilas, podría escuchar alguno que otro partido, no muchos porque los locutores en general me cansan con su entusiasmo fingido y sus fallas de sintaxis. También podría escuchar el Sodre cuando pasan música clásica, que es la única que digiero. La alegría que tuve aquella tarde en que pude escuchar el Septimino. Lo tenía en disco, hace tiempo, vaya a saber dónde está. Quizá lo de las pilas podría solucionarse, sin mengua de mi podrido orgullo, diciéndoselo a mi nieto, para que éste, en cumplimiento de nuestro pacto de sangre y guardando siempre nuestro secreto, le dijera a mi hija, mirá la radio del abuelo, está sin pilas, y entonces lo mandaran a la ferretería de la esquina para que me las trajera. Con eso alcanza. Yo las sé colocar, aunque a veces las pongo al revés y la radio no funciona. En alguna ocasión me ha llevado un buen cuarto de hora hallar la posición adecuada para las cuatro de 1,5 voltios, pero igual me sirve para entretenerme un poco.
¿Qué más puedo hacer? Leer, ya no puedo. Televisión, tampoco. Pero escuchar la radio o cambiarle las pilas, sí.
Mi tercer hijo se llama Diego y está en Europa, enseña en Zurich, me parece, sabe alemán y todo. Tiene dos hijas que también saben alemán, pero en cambio no saben español. Qué cagada, ¿verdad? Diego es menos escribidor que Braulio, y eso que su especialidad es la literatura, pero, naturalmente, la literatura suiza.
Para las navidades manda también su tarjeta, en la que las niñas ponen sus saludos pero en alemán. Yo no sé alemán, apenas un poco de inglés para defenderme en correspondencia comercial, de la que yo mismo me encargaba cuando era gerente de La Mercantil del Sur, Importaciones y Exportaciones. Digamos, frasecitas como "I acknowledge receipt of your kind letter", o "Very truly yours", lo suficiente para que los de allá puedan contestar "Dear sirs", o "Gentlemen". También ese hijo menor a veces me manda algún regalito, verbigracia un llavero suizo de 18 quilates. En esa ocasión sonreí, como diciendo qué lindo, pero en realidad pensando qué boludo, para qué quiero yo un llavero de oro 18, si estoy aquí semipostrado.  De modo que mis contactos con el mundo se reducen a mi hija, cuando entra y me dice qué tal abuelo, a mi yerno cuando ídem, de vez en cuando al médico, al enfermero cuando viene a lavar mis pelotas ya jubiladas, y también el resto de este cuerpo del delito. Bueno, y sobre todo, está mi nieto, que creo es lo único que me mantiene vivo.
Es decir, me mantenía. Porque ayer por la mañana vino y me besó y me dijo abuelo, me voy por quince días a Denver con el tío Braulio, ya que saqué buenas notas y me gané estas vacaciones. Yo no podía hablar (y no sé si hubiera podido, porque tenía un nudo en la garganta) ya que también estaban en la habitación mi hija y mi yerno y ni yo ni mi nieto íbamos a violar nuestro pacto de sangre. Así que le devolví el beso, le apreté la mano, puse un instante mi muñeca junto a la suya como testimonio de lo que ambos sabíamos, y sé que él entendió perfectamente cuánto lo iba a extrañar ya que no iba a tener a quién contarle cuentos inéditos. Y se fueron. Pero tres o cuatro horas más tarde volvió a entrar Aldo, y me dijo mire, abuelo, que Octavio no se fue por quince días sino por un año y tal vez más, queremos que se eduque en los Estados Unidos, así aprende desde niño el idioma y tendrá una formación que va a servirle de mucho. Él no se lo dijo porque tampoco lo sabía. No queríamos que empezara a llorar, porque él lo quiere mucho, abuelo, siempre me lo dice, y yo sé que usted también lo quiere, ¿no es así? Se lo vamos a decir por carta, aunque mi cuñado lo va a ir preparando. Ah, y otra cosa. Cuando ya se había despedido de nosotros, volvió atrás y me dijo, dale un beso al abuelo y que sepa que estoy cumpliendo nuestro pacto. Y salió corriendo. ¿Qué pacto es ese, abuelo?.
Cerré los ojos por pudor, aunque como siempre lagrimeo, nadie sabe nunca cuándo son lágrimas de veras, e hice un gesto con la mano como diciendo: cosas de niños. Él se quedó tranquilo y me abandonó, me dejó a solas con mi abandono, porque ahora sí que no tengo a nadie, y tampoco a nadie con quién hablar. Me tomó de sorpresa todo esto. Pero quizá sea lo mejor. Porque ahora sí tengo ganas de morir. Como corresponde a un despojo de ochenta y cuatro años. A mi edad no es bueno tener ganas de vivir, porque la muerte viene de todos modos y a uno lo toma de sorpresa. A mí no.
Ahora tengo ganas de irme, llevándome todo ese mundo que tengo en mi cabeza y los diez o doce cuentos que ya tenía preparados para Octavio, mi nieto. No voy a suicidarme (¿con qué?), pero no hay nada más seguro que querer morir. Eso siempre lo supe. Uno muere cuando realmente quiere morir. Será mañana o pasado. No mucho más. Nadie lo sabrá. Ni el médico (¿acaso se dio cuenta alguna vez de que yo podía hablar?) ni el enfermero ni Teresita ni Aldo. Sólo se darán cuenta cuando falten cinco minutos. A lo mejor Teresita dice entonces papá, pero ya será tarde. Y yo en cambio no diré chau, apenas adiosito con la última mirada. No diré ni chau, para que alguna vez se entere Octavio, mi nieto, de que ni siquiera en ese instante peliagudo violé nuestro pacto de sangre. Y me iré con mis cuentos a otra parte. O a ninguna.

Publicado por: Ondine y Peter.

jueves, 5 de abril de 2012

Si lo sé no nazco.



Ayer miércoles,  poco antes de las 9 de la mañana, Dimitris Christoulas se quitó la vida con una pistola en la Plaza Syntagma, en el centro de Atenas. Dejó la siguiente nota de suicidio.
 
"El gobierno de Tsolakoglou ha aniquilado toda esperanza para mi supervivencia, que estaba basada en una pensión muy digna que, yo solo, pagué durante 35 años sin ayuda del Estado. Y ya que mi avanzada edad no me permite un modo de responder activamente (aunque si un compañero griego fuera a coger un kalashnikov, yo estaría detrás de él), no veo otra solución que darle este final digno a mi vida, ya que no me quiero ver buscando en los cubos de basura mis medios de subsistencia. Creo que esa juventud sin ningún futuro se levantará algún día en armas y colgarán a los traidores de este país en la plaza Syntagma, justo como hicieron los italianos con Mussolini en 1945"
http://www.publico.es/internacional/428351/un-jubilado-se-suicida-frente-al-parlamento-griego

"The Tsolakoglou government has annihilated all traces for my survival, which was based on a very dignified pension that I alone paid for 35 years with no help from the state. And since my advanced age does not allow me a way of dynamically reacting (although if a fellow Greek were to grab a Kalashnikov, I would be right behind him), I see no other solution than this dignified end to my life, so I don’t find myself fishing through garbage cans for my sustenance. I believe that young people with no future, will one day take up arms and hang the traitors of this country at Syntagma square, just like the Italians did to Mussolini in 1945" http://www.athensnews.gr/portal/1/54580
Christoulas, de 77 años, se suicidó mientras estaba parado junto a un árbol en una de las zonas verdes de la plaza. Era un farmacéutico jubilado (vendió su farmacia en 1994) con una esposa y una hija.
Probablemente no sea el primero ni el último que llegue al límite de tomar semejante decisión, pero este hombre lo ha dejado tremendamente claro, la situación es desesperante, insostenible, inaguantable... y en su carta grita que quienes le llevaron a preferir la muerte fueron los políticos que gobiernan su país.
Actualmente, muchos comprendemos su posición porque también estamos conviviendo con esta crisis, que se ha propagado por toda Europa como una peste.
Fueron los grandes bancos y las grandes empresas las que dinamitaron las bases de la economía, es verdad, pero somos nosotros, la gente de a pie que trabaja, paga hipotecas a 40 años e intenta ahorrar, los que les hemos sostenido desde siempre, nosotros les dimos el poder que ostentaban y dejamos que jugaran con fuego y apostaran lo que tenían y lo que no, mientras todo iba bien. Debimos revelamos cuando empezó a ser evidente que esas corcho-latas redondas y esos miserables papeles verdes, azules, morados, amarillos etc, valían más de lo que debían valer, y ahora todo es un agobio constante. 
 


Los firmantes de esta entrada pensamos firmemente, desde que eramos solo unos niños, que este mundo sería mucho mejor sin basura, banqueros y políticos.
Hay gente enferma que mata por matar, psicópatas o drogadictos que en un momento dado pierden la cabeza y cometen barbaridades, pero estos son la escoria andante del mundo, ellos planean cada movimiento. Siempre intentando encontrar la manera más elaborada de vendernos un producto, que no necesitamos, y que solo a ellos beneficia. 
Por las mañanas, al ver el sol brillar por la ventana, ellos sonríen pensando que ya llega la hora de ostentar su poder y robar desde detrás de un escritorio de forma legal, cuando comen solo saborean la deliciosa comida al recordar alguna anécdota del trabajo, y antes de dormir (mientras otras personas rezan para que no les desahucien, para que este mes les paguen el sueldo, o para que Dios les de fuerza y esperanza para levantarse por la mañana), ellos hacen números mentalmente y sueñan con nuevas formas de hacerse más ricos, más poderosos. 
Pero no tienen poder, todo lo que tienen son papeles, corcho-latas, mentes infectas, probablemente una mansión con un jardín de tres hectáreas y seis automóviles (en la que ninguna persona decente querría poner un pie), pero carecen de valores, de conciencia y alma. 
No podemos seguir permitiendo esto, no podemos seguir esperando que personas totalmente incapacitadas para pensar en el bien general, tomen las decisiones adecuadas para que mejoren nuestras vidas.
Y lo más indignante de esta situación, es que todos estamos hartos de estos canallas que nos oprimen legalmente, y aunque nos manifestamos en contra de sus decisiones pacíficamente, aunque cada vez más personas gritan que ya no pueden más, a pesar de actos como el protagonizado por Dimitris Christoulas ayer, ellos continúan dirigiendo países, manejando sus multinacionales, exigiendo inyecciones de liquidez o "barra libre", cobrando sus sueldos y caminando con la frente muy alta por delante de nuestras narices, no hay justicia que recaiga sobre ellos. Malditos sin verguenzas. 
 ¿Y se va uno y viene otro?   ¡¡ Ya basta !!
  

Esta canción va para todos los seres viles de la Tierra.
(El vídeo no me gusta, y por eso no está en la entrada de marzo, me pareció que con la letra era más que suficiente. 
Si queréis escucharla, para no ver la publicidad del principio pulsar el botón rojo arriba a la izquierda)
Bob Dylan's MASTERS of WAR

Publicado por: Ondine, Peter, Charlot, Chabela y El_Rey.