sábado, 14 de abril de 2012

A dos voces.

Hoy les invitamos a escuchar a Mario Benedetti y Daniel Viglietti, dos referentes de la palabra y la amistad, que al encontrarse exiliados en México, en 1978, tuvieron la oportunidad de constatar cuánto había en común en lo que estaban escribiendo cada uno por su lado, y decidieron encontrarse y crear "A dos voces"; una experiencia en la que el poeta y el cantautor entrelazaron sus voces, tejieron confluencias en el exilio y recitaron  y cantaron en homenaje a Roque Dalton, a Nicaragua, a Chile, a Salvador Allende, y en el que desfilaron clásicos de cada uno como Bandoneón y Por qué cantamos, de la obra de Benedetti, y La llamarada y Otra voz canta, del repertorio de Viglietti, además de los versos que cada uno por su lado escribió en homenaje a Soledad Barret, una joven militante paraguaya, de la que todos destacan su encanto personal, la belleza de su voz, la calidez de su sonrisa, su valentía y sobre todo su lida conciencia moral, que le impedía permanecer indiferente ante el despotismo y la empujaba a colocarse al lado de los oprimidos. Su trágica historia despierta horror en cualquier buen corazón, y demuestra que la maldad humana no conoce límites.

 
Soledad no viviste en soledad /
por eso tu vida no se borra / 
simplemente se colma de señales.
Soledad no moriste en soledad /
por eso tu muerte no se llora /
simplemente la izamos en el aire.
 
Dice Benedetti en sus versos, que se cruzan con los de Viglietti:

Una cosa aprendí junto a Soledad: que el llanto hay que empuñarlo, darlo a cantar... 
Otra cosa aprendí junto a Soledad: que la patria no es sólo un lugar... 
Una tercera cosa nos enseñó: lo que no logre uno, ya lo harán dos.
 
Mario Benedetti recuerda la importancia que tuvieron estos versos en el origen de "A dos voces", el espectáculo que mantuvieron durante 27 años y presentaron en distintos países: 
"Con Daniel éramos muy amigos, desde hacía años. Nos encontramos en México, en el exilio, y empezamos a hablar de lo que estaba haciendo cada uno. Que esta canción, que este poema... Nos sorprendió encontrar que los dos le habíamos escrito a Soledad Barret, porque la habíamos conocido y le teníamos mucho cariño. Empezamos a ver que teníamos otros temas comunes, y así fuimos armando un recorrido de poesía y canción.
Con el tiempo fuimos introduciendo muchos cambios en el repertorio, pero el poema y la canción de Soledad Barret siempre quedaron, son especiales para nosotros."
Explicó el poeta, que antes de "A dos voces" ya había llevado sus versos a los escenarios junto a Alberto Favero y Nacha Guevara.



Publicado por: Ondine y Chabela.

viernes, 13 de abril de 2012

¿POR QUÉ GRITAMOS?


Cuenta una historia tibetana, que un día, un viejo sabio llamado Meher Baba preguntó a sus mandalíes (discípulos) lo siguiente:
-Porqué las personas se gritan cuando están enojadas?

Los hombres pensaron unos momentos.
-Porque perdemos la calma –dijo uno– por eso gritamos.


-Pero, ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado? - Preguntó el sabio.
-¿No es posible hablarle en voz baja?. ¿Por qué gritas a una persona cuando estás enojado?.


Los hombres dieron algunas otras respuestas pero ninguna de ellas satisfacía al sabio.

Finalmente él explicó:


-Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho.
Para cubrir esa distancia deben gritar, para poder escucharse.
Mientras más enojados estén, más fuerte tendrán que gritar para escucharse uno a otro a través de esa gran distancia que han creado.


Luego el sabio preguntó:


-¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran?.

Ellos no se gritan, sino que se hablan suavemente. ¿Por qué?.
Porque sus corazones están muy cerca y la distancia que hay entre ellos es muy pequeña.

Cuando se enamoran más aún, ¿qué sucede?.
No hablan, sólo susurran y se acerca aun más en su amor.
Finalmente no necesitan siquiera susurrar, sólo se miran, eso es todo.
Así de cerca están dos personas cuando se aman.


Luego
Meher Baba dijo:

-Cuando discutan no dejen que sus corazones se alejen, no digan palabras que los distancien más, pues llegará un día en que la distancia sea tan grande que no encontrarán más el camino de regreso.
 
Publicado por: Ondine

jueves, 12 de abril de 2012

Mario Benedetti: Tiempo sin tiempo.


Preciso tiempo necesito ese tiempo
que otros dejan abandonado
porque les sobra o ya no saben
que hacer con él
tiempo
en blanco
en rojo
en verde
hasta en castaño oscuro
no me importa el color
cándido tiempo
que yo no puedo abrir
y cerrar
como una puerta

tiempo para mirar un árbol un farol
para andar por el filo del descanso
para pensar qué bien hoy es invierno
para morir un poco
y nacer enseguida
y para darme cuenta
y para darme cuerda
preciso tiempo el necesario para
chapotear unas horas en la vida
y para investigar por qué estoy triste
y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo

tiempo para esconderme
en el canto de un gallo
y para reaparecer
en un relincho
y para estar al día
para estar a la noche
tiempo sin recato y sin reloj

vale decir preciso
o sea necesito
digamos me hace falta
tiempo sin tiempo.
 

miércoles, 11 de abril de 2012

La conquista del Everest

La montaña, como el mar, ha despertado desde siempre un atractivo especial en el hombre aventurero. Gracias a una entrevista recogida en la siguiente página web, hoy puedo compartir e invitarles a disfrutar del ameno relato de Edmund Hilary sobre uno de sus mayores logros.
Edmund Hilary y Tenzing Norgay
"Nací en Tuakau, un pueblo que está unos cincuenta kilómetros al sur de Auckland. Mi padre era editor y mi madre, maestra de escuela. Los libros no daban para obtener muchas alegrías, así que papá decidió abandonarlos como profesión y dedicarse a la apicultura, él que lo único que sabía de abejas se concentraba en compararlas a un abejorro que pica.
Fui al colegio más cercano, que estaba a cuatro o cinco kilómetros de casa, y durante el recorrido me dedicaba a leer. Me apasionaban los relatos de aventuras. Yo era un niño tímido, algo retraído y poco sociable, prefería estar solo a jugar con mis compañeros.
No tenía muchos amigos.
Nada importante ocurrió en mi vida hasta que cumplí dieciséis años.

Haciendo un gran esfuerzo, tal vez quitando dinero de cosas importantes, mis padres me apuntaron a una excursión organizada por la escuela superior. Se trataba de pasar un fin de semana en el área del volcán sagrado Ruapehu, que fue declarada parque nacional en 1894 bajo la denominación de Tongariro. Parecía una excursión como cualquier otra, pero no lo fue. Subimos al lago que tiene el volcán a 2.797 metros.
Era la primera vez que tocaba la nieve. Allá arriba me sentí otro. Yo quería seguir subiendo, acercarme más al cielo, pero ya no había más montaña. Me sentí un poco triste, aunque se me pasó enseguida mientras bajaba cuando vi a mi altura otras montañas pedregosas, las Rocas de la Catedral, el Te Heu Heu, el Paretetaitonga, y más abajo el bosque húmedo con árboles que comenzaron a crecer cuando en Roma aún había emperadores, cascadas como rizos de una mujer hermosa, ríos con agua del color de la sangre o amarillos como el ámbar. Descubrí que el hombre es una hormiga, que el mundo es demasiado extenso, bello y poderoso, y que sólo desde las grandes atalayas podía ver la Tierra como la ven los dioses. Tomé una decisión: hacer de la montaña mi casa.
Desde entonces, no había fin de semana que no me acercara a ellas. Daba lo mismo cuál fuera, porque lo hacía por pura diversión. Cuando tenía dinero, viajaba a la Isla Sur, me perdía por el monte Cook y tallaba escalones en el hielo como una escalera para subir al cielo. En esa época pensaba que Tongariro era más alpino y Cook, más himalayo, aunque no conocía ni los Alpes ni el Himalaya.
Tenía un plan. Aunque fuera con mi propio dinero, debía ir a Europa y a la India. Había estudiado dos años en la Universidad, pero aquello no era para mí. Me puse a trabajar con mi padre en el negocio de las abejas, que no iba mal del todo, y al fin fui a los Alpes de Suiza y Austria por un tiempo demasiado corto.
En 1959 realicé mi primer viaje a la India junto con tres amigos y nos dedicamos a subir lo que teníamos a mano en los montes Garhwall, cerca de la frontera con Nepal. Nos levantábamos, mirábamos a nuestro alrededor, veíamos una hermosa montaña de seis o siete mil metros (porque las había a cientos) y decíamos:
–vamos a escalarla.
Así lo hicimos con seis cumbres vírgenes. Era una delicia.
Lo que yo no podía imaginar es que en ese momento los ingleses estaban organizando una expedición de reconocimiento al Everest y que algunos montañeros a los que conocí fuera de Nueva Zelanda habían hablado de mí a Eric Shipton, que era quien estaba al cargo de su organización, un montañero de mucho prestigio y sobrada experiencia que a todos caía bien. Cuando me invitó a participar en ella, yo pensé:
–Me lleva de chico de los recados.
Pero me daba lo mismo. Los chinos habían penetrado en el Tíbet y cerrado la posibilidad de utilizar la cara norte como vía, que era la que hasta entonces se había utilizado para acercarse a la cumbre. En ese momento se trataba de estudiar una vía por el collado sur. Me divertí mucho y me cansé otro tanto.
Al año siguiente, Shipton volvió a llamarme para escalar el Cho Oyu, un “ochomil” que está al lado del Everest. Esta vez, pensaba:
-Me quieren para que les haga el té.
Aunque no llegamos a la cima, me dediqué a mirar, a escudriñar, a observar cuanto pude el Everest y su parte cimera.
–Algún día yo estaré allí– me decía.
En 1953, el permiso para escalar la gran montaña correspondía a Inglaterra. Shipton fue apartado de la dirección de esta enorme expedición y en su lugar se nombró a John Hunt, un oficial del ejército que para mí era desconocido como montañero.
A nadie gustó este nombramiento ni la forma en que se hizo. Yo pensaba que quedaría fuera del grupo, pero Hunt me llamó.
–Será para que le sirva el whisky.
La primera vez que lo vi pensé:
–Bueno, a ver cómo es este tipo, espero que no se dedique a dar órdenes militares.
Pero no, me dio un fuerte apretón de manos y, sin soltarlas, me dijo:
–He esperado mucho tiempo para conocerte.
Cambié mi idea respecto a él. Era un buen montañero que nos consultaba cualquier decisión. Mejor así, porque casi todos pecábamos de individualistas y ciertamente solitarios.
El grupo lo integrábamos diez montañeros europeos (excepto George Lowe y yo, que éramos neozelandeses) y unos trescientos sherpas. Siempre he creído que mi mayor mérito consistía en saber hacer escalones en el hielo mejor que nadie y, además, Lowe y yo subíamos de forma rápida y segura.
Tal vez nos llamaron por esas cualidades. Teníamos un físico muy resistente y nos diferenciábamos del resto en que no nos creíamos profesionales, sino que hacíamos aquello por pura diversión. Disfrutábamos abriendo la tienda y contemplando los colores rosados del amanecer o los tonos rojizos del crepúsculo. A veces, cuando subíamos juntos (a Hunt no le gustaba), nos parábamos en medio de una cuesta empinadísima o de una pared helada y allí nos quedábamos unos minutos contemplando la vista magnífica que la montaña suele ofrecer. Entonces George cantaba una canción maorí que decía algo así:
"He putiputi koe i katohia,
hei piri ki te uma e te tau" 
Y que ninguno de los dos entendíamos, pero que él aseguraba que significaba “tú eres una bella flor”.
Sin embargo, los demás permanecían muy concentrados y serios ante cualquier dificultad por leve que fuera. 
Un día lo vi dando órdenes a los serpas. Me fijé en él. Era de corta estatura, pero fuerte y atractivo. Tenía personalidad y una sonrisa luminosa. Se notaba que era buen montañero. Había intentado subir el Everest siete veces y como sabía que Lowe y yo teníamos escasas posibilidades de formar cordada, me acerqué a él. Entonces recordé que lo había conocido un año antes en la ascensión al Cho Oyu, aunque no habíamos coincidido demasiado.
Tenzing Norgay
Intuía que Hunt utilizaría primero a los británicos y, si éstos fallaban, tal vez recurriera a nosotros. Se llamaba Tenzing Norgay. Una vez, equipando una vía en el Everest, salté sobre una grieta sin tomar precaución alguna. La cornisa cedió y comencé a resbalar. Parecía un milagro, pero él, que no llegaba a medir 1,60 metros de altura y pesaba lo que un mechón de pelo de yak, me aseguró con la cuerda y frenó la caída de un cuerpo que medía 1,95 metros y pesaba ochenta kilos.
No había duda, me salvó la vida.
Estaba seguro de que, si hubiera alguna posibilidad de ser yo el elegido, él sería mi compañero de cordada.
Unos montañeros enfermaron.
Otros parecían demasiado cansados. Hunt tomó la decisión de que fueran el londinense Bourdillon (de Kensington de toda la vida) y el galés Evans (educado en Oxford) quienes formaran la cordada definitiva.
Tenzing y yo habíamos acondicionado la pared del Lhotse y transportado bagajes y pertrechos sobre la espalda, que llegaban a pesar veintiocho kilos. También ascendimos y descendimos para controlar la duración de las botellas de oxígeno e incluso preparamos la explanada en la que se situaría el último campamento antes del intento definitivo por encima de los 8.800 metros.
Debíamos estar muy cansados, pero no, los dos manteníamos nuestras fuerzas o las recuperábamos con facilidad. Había entre nosotros un mudo acuerdo que nos fortalecía.
Hunt reunió al equipo.
–Sí, serán Bourdillon y Evans. Lo intentaremos mañana. Espero que este 26 de mayo sea un día que pase a la historia.
Con voz apenas audible, se me ocurrió:
–Yo también lo espero. Si no lo consiguen, Tenzing y yo nos ofrecemos para intentarlo.
Hunt permaneció callado. Sorprendentemente, fue Evans quien habló en un inglés que mezclaba palabras galesas:
–No hay duda de que ellos también están gryf.
O sea, fuertes. Hunt asintió como diciendo:
–Allá ellos.
Llegaron a la cima sur. Sólo faltaban cien metros para alcanzar la gloria. Estaban agotados y tenían ante ellos una pared que les pareció imposible de superar. Regresaron.
Dos días después, Tenzing y yo pasamos la noche en el último refugio, el campamento IX. No pudimos dormir, sólo dormitar de vez en vez. La temperatura era buena y, aunque hacía un frío del demonio, el viento soplaba sereno. Al alba nos pusimos en camino, siempre hacia arriba. Llegamos al escalón algo cansados.
–¿Seguimos?
Tenzing no respondió. Miró al cielo. Su sonrisa ya no estaba allí. No podíamos ver la cumbre, sólo ese enorme paredón vertical que yo había observado desde la lejanía cuando nos preparábamos en el Cho Oyu. Descubrí una cornisa helada en el lado derecho con una grieta larga y estrecha que yo dudaba de que fuera sólida, capaz de sujetarnos. Si se rompía, caería al abismo por la ladera del glaciar Kangshung. Pensé que aquello era el Everest y que merecía la pena intentarlo. Pasé miedo. Los crampones se sujetaban bien en el hielo y mis manos asían la roca con firmeza, aunque un movimiento en falso, una pequeña rotura de la superficie helada acabaría con mi vida. Luego, me encontré arriba. No veía la cima, pero sabía que lo más duro había pasado. Continué tallando escalones y al llegar a lo alto de una gran banda de nieve vi que la arista se acababa y que allá abajo se extendía el gran altiplano del Tíbet.
Me quité la máscara de oxígeno y di la mano a Tenzing. Aquello no bastaba. Nos fundimos en un abrazo largo y nos hicimos fotos. Quince minutos en la cima del mundo. Un breve instante por el que habían muerto muchos montañeros. Nosotros lo habíamos conseguido. Cerré los ojos un instante. Me puse la máscara de oxígeno y vi todo más claro.
El descenso fue rápido. Cuando llegamos al campamento, George Lowe salió a nuestro encuentro. Tras él iban los demás.
Levanté la mano, señalé la cima e hice la señal de la victoria.
–Hemos vencido a esta puta montaña– le dije, sin saber que estas palabras no eran dignas de una persona a la que la Reina de Inglaterra estaba a punto de nombrar sir." 

Os recomiendo que veáis el siguiente documento PDF, en el encontraréis está entrevista, más anécdotas y fantásticas fotografías.

Publicado por:  Charlot y Ondine.

martes, 10 de abril de 2012

Una pizca de música.

Primavera en el norte.
 
Otoño en el sur.
 Te encuentres aquí o allá, esperamos que estés disfrutando del día :)


Publicado por: Ondine y Peter.

lunes, 9 de abril de 2012

Mario Benedetti: Desde los afectos.


¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?
Que uno tiene que buscarlo y dárselo...
Que nadie establece normas, salvo la vida...
Que la vida sin ciertas normas pierde formas...
Que la forma no se pierde con abrirnos...
Que abrirnos no es amar indiscriminadamente...
Que no está prohibido amar...
Que también se puede odiar...
Que el odio y el amor son afectos...
Que la agresión porque sí, hiere mucho...
Que las heridas se cierran...
Que las puertas no deben cerrarse...
Que la mayor puerta es el afecto...
Que los afectos, nos definen...
Que definirse no es remar contra la corriente...
Que no cuanto más fuerte se hace el trazo, más se dibuja...
Que buscar un equilibrio no implica ser tibio...
Que negar palabras, es abrir distancias...
Que encontrarse es muy hermoso...
Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida...
Que la vida parte del sexo...
Que el por qué de los niños, tiene su por qué...
Que querer saber de alguien, no es sólo curiosidad...
Que saber todo de todos, es curiosidad mal sana...
Que nunca está de más agradecer...
Que autodeterminación no es hacer las cosas solo...
Que nadie quiere estar solo...
Que para no estar solo hay que dar...
Que para dar, debemos recibir antes...
Que para que nos den también hay que saber pedir...
Que saber pedir no es regalarse...
Que regalarse en definitiva no es quererse...
Que para que nos quieran debemos demostrar qué somos...
Que para que alguien sea, hay que ayudarlo...
Que ayudar es poder alentar y apoyar...
Que adular no es apoyar...
Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara...
Que las cosas cara a cara son honestas...
Que nadie es honesto porque no robe...
Que cuando no hay placer en las cosas no se está viviendo...
Que para sentir la vida hay que olvidarse que existe la muerte...
Que se puede estar muerto en vida..
Que se siente con el cuerpo y la mente...
Que con los oídos se escucha...
Que cuesta ser sensible y no herirse...
Que herirse no es desangrarse...
Que para no ser heridos levantamos muros...
Que sería mejor construir puentes...
Que sobre ellos se van a la otra orilla y nadie vuelve...
Que volver no implica retroceder...
Que retroceder también puede ser avanzar...
Que no por mucho avanzar se amanece más cerca del sol...
¿Cómo hacerte saber que nadie establece normas, salvo la vida?
 

domingo, 8 de abril de 2012

Hermosa suciedad

Pinceles, un par de dedos, un coche sucio e imaginación, es todo lo que necesita el hombre que hoy nos ocupa, para dar rienda suelta a su faceta artística y dejarnos a todos impresionados. 
Scott Wave es un diseñador gráfico texano, capaz de transformar la suciedad acumulada en los coches en agradables paisajes, retratos o versiones de cuadros célebres.



En principio practicaba el "Dirty Car Art" como un hobby en los coches de sus familiares, pero en relativamente poco tiempo, se dio a conocer gracias a que los medios de todo el mundo se interesaron en sus efímeras obras; ha sido contratado para decorar grandes escaparates y crear numerosos spots publicitarios.